¿Porqué retrasar la poda al máximo?
Retrasar la poda es, en el fondo, una forma de escuchar a la viña. Cuando el invierno aprieta, la planta está en un estado delicado: los tejidos están fríos, la savia apenas se mueve y cualquier corte hecho en ese momento la deja más expuesta de lo que parece. En zonas frías, enero y febrero…
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Retrasar la poda es, en el fondo, una forma de escuchar a la viña. Cuando el invierno aprieta, la planta está en un estado delicado: los tejidos están fríos, la savia apenas se mueve y cualquier corte hecho en ese momento la deja más expuesta de lo que parece. En zonas frías, enero y febrero siguen siendo meses de heladas habituales, y podar cuando los sarmientos han pasado la noche bajo cero —o cuando volverán a helarse— es como pedirle a la planta que cicatrice con las manos congeladas. Lo hace, pero pierde fuerza, y esa pérdida se nota después en una brotación menos vigorosa.
Hay otro efecto que a veces pasa desapercibido: la poda es una señal. Cuando cortamos, la planta interpreta que el ciclo puede empezar. Si llegan unos días templados y con más horas de luz, la viña se anima y brota. El problema es que, en muchos lugares, las heladas primaverales siguen al acecho. Y un brote tierno, recién salido, es extremadamente frágil: basta una noche fría para que se hiele y se pierda. En algunas campañas, estas heladas han llegado a comprometer buena parte de la producción anual, y en casos extremos incluso la del año siguiente, porque se reduce el número de sarmientos útiles para la poda futura.
Retrasar la poda ayuda a frenar ese impulso natural de brotar demasiado pronto. Es una técnica sencilla, sin grandes costes, que permite desplazar la brotación a un momento más seguro. Además, en un clima cada vez más variable, donde los inviernos son más suaves y las heladas tardías más imprevisibles, este pequeño gesto se ha convertido en una herramienta de protección muy valiosa.
La clave está en encontrar el equilibrio: esperar lo suficiente para evitar cortes en frío y retrasar la brotación, pero sin llegar a podar tan tarde que afecte al rendimiento.
En la práctica, cada bodega ajusta ese momento según su clima, su variedad y su experiencia. Pero la idea central es la misma: darle a la viña el tiempo que necesita para despertar cuando el riesgo ha pasado.

